Omitir los nombres / Entrevista con Luis Panini

por Franco Félix

Febrero 5, 2015

Hay un caballo. Un caballo humedecido por las olas del mar. El mar de Valencia. Su piel, albina y resplandeciente, se recorta con el cuerpo desnudo de un chico anónimo que cubre su rostro con un enorme sombrero. No hay más. El animal y el niño regresan a la tierra, su ecosistema natural. Los dos, corcel y criatura, van desnudos. Se trata de la pintura El baño del caballo, de Joaquín Sorolla. El personaje principal de El uranista de Luis Panini, llamado por su narrador como “el viejo”, no reconoce al pintor de esta obra, sin embargo, está decidido a conseguir un rompecabezas con la impresión de este lienzo. El tipo es un fóbico social, atemperado por una profunda inclinación por los chicos como el del cuadro de Sorolla. Alimentado por el arrebato interior, el personaje vive la experiencia exterior, el mundo de afuera, contenido, provocando cortos circuitos entre dos resistencias: la corrección política y el apetito erótico.

Esta segunda novela de Panini (la primera fue Esquirlas, editada por 27 Editores y la UANL) está consagrada al viaje sentimental de un hombre atormentado por el deseo. El universo literario se despliega sobre un corto periodo de tiempo: tres días, un fin de semana. Un lapso tremendo, en el que su protagonista atraviesa por una serie de desventuras cotidianas con efectos sombríos que lo acercan a la misantropía. El viejo se va configurando, conforme recorremos las páginas del libro, también como un hombre delicado. Su carácter es complejo, muy racional y al mismo tiempo bastante fantasioso. No sólo es coleccionista de rompecabezas, sino de manías: teme a los elevadores, las puertas giratorias, la interacción con las personas, etcétera. Es, en otras palabras, un personaje demasiado real. Hay un acierto asombroso: Panini edifica un protagonista demasiado sustancial, demasiado humano. Pocas veces se logra un personaje tan redondo. Hablemos del viejo con su autor.

 

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Franco: Panini, tenemos e-mail y Facebook y otras redes sociales. Vivimos en la Tierra y somos, más o menos, acordes a nuestro tiempo. El viejo no. Él es un personaje de otra época. Es un ilustrador sin software. ¿Por qué elegir un tipo así? ¿Por qué no seleccionar un personaje más cercano a nuestra generación? Me parece que aquí radica la puntería literaria, en el artificio. Te infiltraste en la cabeza de un anciano.

 

Luis Panini: Soy un anciano de 36, Franco. Supongo que mi moderada misantropía y frecuentes temporadas como ermitaño incorregible me llevaron a crear este personaje, se convirtieron en el vehículo que me permitió habitar el cuerpo y la psique del protagonista. “El viejo” representa una actitud ante el hartazgo de la vida cotidiana, su insignificancia aplastante. En realidad, se trata de un personaje en extremo autobiográfico, Madame Bovary c’est moi, aunque en este punto debo aclarar que no comparto su predilección sexual tan específica, y lo hago para no terminar con una letra escarlata bordada en el pecho, una “P” mayúscula que me perseguiría a todas partes, pequeño detalle que, por cierto, aparece en la novela, aunque de manera muy sutil (todas las prendas del “viejo” tienen una “P” bordada con hilo rojo).

 

F: Gudbergur Berggson, un autor islandés, aborda el tema de la vejez en su novela Pérdida (Tusquets, 2012). Alguna vez escribí en La Tempestad (revista de artes que te ha seleccionado como autor emergente de 2014, a propósito) que el tema de la senilidad tiene barandales muy frágiles. Es muy fácil perder al lector cuando el protagonista es un sujeto ya en adultez avanzada. Sin embargo, los dos consiguen dominar el tópico y enganchan. Tu novela inicia con un anciano que sufre los escalones que lo llevarán al centro comercial. En la novela de Bergsson, el hombre sufre las terribles penas de levantarse de la cama. Hay paralelismos efectivos, una intensa reproducción de la realidad. La diferencia es que tú apenas rebasas los treintas, Berggson nació en 1932. Debió ser una investigación interesante. Cuéntanos un poco sobre este proceso creativo.

 

Luis Panini: La historia me llegó de forma imprevista, como un remedio contra el hastío que experimentaba durante mi primer día de trabajo en un estudio de arquitectura en Los Ángeles, mientras un técnico instalaba diversos programas a mi equipo de cómputo. Decidí ponerme a escribir y el resultado fue una versión del primer capítulo de El uranista, aunque su título original fue Gran sistema. Ya había pensado varias veces en escribir una novela de corte peatonal porque las encuentro muy introspectivas y esta cualidad me atrae. También tenía la idea de escribir una novela “circular”, donde el fin fuera el principio. Una de mis grandes obsesiones durante la mayor parte de su escritura fue la geometría (cada año desarrollo una o dos obsesiones que me obligan a leer como un poseso sobre diversos temas). La geometría siempre ha sido fundamental para mí, porque me ayuda a comprender el mundo. Por eso siempre digo que “la geometría te hará libre”. Pero la idea del texto “circular” dejó de seducirme muy pronto, así que me propuse escribir un texto que fuera más allá de este concepto. Entonces se me ocurrió desfasar el punto donde el inicio y el fin se encuentran para situarlos en planos distintos. Y fue así como terminé con una estructura en forma de espiral elíptica. La llamo elíptica porque el círculo queda deformado gracias a varios punto de inflexión que cuestionan la realidad de la historia (un personaje desaparece sin razón alguna, otro flota medio centímetro, etc.). En cuanto a la investigación se refiere, te puedo decir que fue una de campo y algo incómoda. En varias ocasiones visité un centro comercial ubicado muy cerca de donde vivo para sentarme en una banca durante varias horas y desde ahí contemplar a los púberes que deambulaban por el pasillo principal. Mi intención era comprender lo que un viejo podría considerar atractivo en estos menores de edad. Y este ejercicio fue de gran ayuda. Sobre todo me sorprendió el comportamiento de los chicos, la manera cómo interactuaban. Pertenecen a una especie humana distinta.

 

F: Luis, eres arquitecto de profesión. Sin lugar a dudas, conoces el universo oficinesco de los despachos de diseño. Lo digo porque recuerdo el cuento del niño degollado en Terrible anatómica (2009) y ahora el lugar de trabajo del protagonista de El uranista (2014). No es necesario entrar en detalles, pero sabes cómo funciona este mundo. Pienso que tu narrativa es inherente a tu otro oficio. Hay una construcción mesurada de la novela, de las oraciones, hay un texto obsesivo, muy bien cuidado. Has edificado tu novela como a un edificio. Tengo que hacer esta pregunta mórbida: ¿Arquitectura o Literatura? ¿Qué prefieres?

 

Luis Panini: Más de una vez he dicho que de lunes a viernes de 9 a.m. a 6 p.m. me disfrazo de arquitecto y que por las noches y los fines de semana escribo. Supongo que prefiero la literatura porque me procura más placer, pero la arquitectura me ha servido mucho para confeccionar espacios narrativos. Es difícil elegir. Lo mismo me sucede con las artes plásticas y las llamadas “visuales”. Existen historias que deseo contar y que no puedo hacerlo mediante palabras, por eso también dibujo y tengo un par de ideas para novelas gráficas que en algún momento me gustaría desarrollar como tales, porque soy incapaz de contar esas historias por medio de un texto literario.

 

F: El viejo no tiene nombre, sólo es “el viejo”, ni siquiera es un apodo, es un adjetivo. No tiene amigos, sus familiares no están cerca, no hay quién le solicite el hombre (excepto por la chica que hace los cargos a la tarjeta de crédito al teléfono). Su condición de anonimato ofrece múltiples lecturas, la primera: todos somos o seremos el viejo en algún momento (no sólo por el sino temporal que supone la edad o la vejez, sino por las pulsiones). Todos caemos, somos acosados por la fantasía. Esta condición desnuda al personaje. ¿Por qué, desde la visión del autor, el viejo carece de nombre propio?

 

Luis Panini: Creo que hasta cierto punto el viejo representa mi porvenir. Vivo lejos de mi familia y no contemplo reproducirme. Supongo que, si acaso decido vivir tantos años como el viejo (o si un cáncer pancreático no me fulmina o un conductor ebrio o la picadura de un mosquito africano), terminaré en un departamento situado en un complejo residencial que ofrece asistencia personal y médica a sus inquilinos. El viejo carece de un nombre que lo identifique porque no me pareció que lo necesitaba. Tú has leído algunos de mis libros anteriores y te habrás dado cuenta de que tiendo a evitar los nombres propios. En los cuentos de Terrible anatómica sólo le concedí nombre a tres personajes. Los únicos nombres propios que aparecen en Mala fe sensacional son de algunos artistas y cineastas destacados. Algo parecido sucede en Esquirlas, en ese libro sólo se conoce el nombre de la protagonista y el mío, pero sólo cuando ella lo pronuncia o escribe. Creo que hasta el día de hoy esto ha sido fácil porque mis textos, generalmente, se concentran en un personaje o en un par. Ahora trabajo en otros proyectos para los cuales me he visto obligado a utilizar nombres propios debido a la cantidad de personajes. Me resulta curiosa tu pregunta porque me hace pensar que sospechas algo y con gran razón. Debo confesar que el uso de nombres propios me espanta un poco. Hace años vi parte de un video que jamás debí haber visto porque no tengo estómago para la violencia real, sólo para la ficticia (ni siquiera puedo ver videos de gente que se lastima accidentalmente, pero me resulta muy placentero ver personajes descuartizados en una película). En el video que menciono aparecían dos hombres arrodillados, a punto de ser asesinados. Y quienes los sometían les exigieron decir sus nombres ante la cámara. Justo después de pronunciarlos se escucha el sonido de una motosierra que los decapitaría enseguida. Detuve el video. Jamás podría ver algo de esa naturaleza. ¿Puedes pensar, Franco, en algo más perturbador que escuchar tu nombre completo pronunciado en voz alta y por ti mismo justo antes de ser asesinado? Ese sonido tiene que ser, por lo menos en mi opinión, el límite de la violencia. Y tanto me impactó que durante años he tomado notas acerca de esta situación porque me interesa recrearla en forma de cuento, aunque mi historia trata sobre un curador de arte que martiriza y asesina a un empleado de un servicio de mensajería tras escuchar lo que este individuo opina sobre el arte contemporáneo después de entregar algunas obras en una galería. Creo que la línea final de ese cuento sería el momento cuando el sometido pronuncia su nombre completo en voz alta.

 

F: El personaje vestido de negro que observa al viejo desde un aparador es aterrador, sombrío, cautivador también. El asunto de la mano cortada es alucinante. Descubro otra vez, la obsesión anatómica (que está íntimamente ligada a la anatomía arquitectónica), leo la precisión de los movimientos, cada detalle, una respiración, el movimiento de un dedo, los olores del viejo, los contactos, los roces. Esto es histeria pura, es exquisito. El viejo es obsesivo compulsivo, sólo para rozar su compleja personalidad. ¿Eres obsesivo compulsivo, Luis, o sólo has hecho un enorme trabajo narrativo? Sé que no hay que confundir al narrador con el autor, pero la misma precisión sintáctica es un reflejo de la precisión vital del personaje. Es una locura. Confiesa.

 

Luis Panini: Creo que es imposible desligarte como autor de tus personajes. Siempre llevarán consigo algo de ti. Y no evito ese elemento autobiográfico, al contrario, me interesa explotarlo en gran medida. Tanto es así que hace tiempo comencé a escribir un tríptico autobiográfico para erradicar la posibilidad de autocensura, el peor enemigo de cualquier autor. A veces no estaba seguro de si realmente escribía lo que deseaba escribir o si el fantasma de la autocensura se posaba sobre mi hombro mientras tecleaba cada palabra. Esto me obligó a realizarme una pregunta para aniquilar la posibilidad de su presencia: ¿qué es exactamente lo que no me gustaría que mis padres supieran sobre mí? El resultado fueron tres libros: Destrucción del amanteTiopentato de sodio, 7mg y Falsa crónica del miembro fantasma, los cuales tratan, respectivamente, sobre una relación carnal fallida, el despertar sexual y su percepción durante mi infancia y pubertad, y un trastorno sexual que según yo padezco y que llamo “Pánico Antiedípico-Genital” o “Mal de Panini”. Sí, soy obsesivo, no lo negaré, mas no obsesivo compulsivo. Cuando un tema me interesa tengo que investigarlo hasta el cansancio. Como ya lo mencioné, cada año surgen nuevas obsesiones. El año pasado no podía dejar de leer sobre pulpos y geología. Ahora estoy interesado en la novela pícara, vampiros existencialistas y materia fecal, todo esto tiene que ver con proyectos literarios para el futuro, excepto los pulpos. El pulpo es, simplemente, mi animal favorito.

 

F: Si pudieras hallar conexiones entre tu personaje y los personajes de otros escritores. ¿Con quién estaría emparentado el viejo? Los personajes pueden ser de películas, discos, libros, series, etcétera. Y por último, la pregunta de cajón para los lectores: ¿Cuáles son las venas literarias de tu escritura? ¿Podrías hablarnos un poco sobre tus influencias o tus inquietudes como escritor?

Luis Panini: Existe un vínculo indestructible entre “el viejo” y el Conde Drácula. Cuando lo pienso detenidamente y cometo la injuria de autoanalizarme (Freud era un pelmazo, por cierto), creo que la concepción del viejo proviene de una escena de la versión cinematográfica de Drácula (la de Coppola), cinta que en su momento fue destacable pero que el tiempo la ha convertido en una de manufactura reprochable. La escena en cuestión es aquella en la que el Conde lame la sangre adherida a la navaja de afeitar de uno de sus huéspedes. El viejo, hacia el final del primer capítulo de El uranista, lame el dorso de su propia mano tras haber recibido la caricia accidental y sudorosa de un púber, entiéndase ésta como una actitud absolutamente vampírica, para saciar su apetito sexual. En cuanto a venas literarias e influencias se refiere, todo autor debe asimilarse como el producto de un tejido narrativo de sus antepasados. En mi escritura puedes ver hilos posmodernistas, existencialistas, de humor negro, de absurdo, etc. Influencias innegables: Franz Kafka, Jean-Paul Sartre, Juan José Arreola, etc. Y Jean Baudrillard. El uranista es, no me cabe la menor duda, una novela totalmente baudrillardiana o baudrillardesca, desconozco si ya existe tal adjetivo.