Luis Panini: Escribir para sujetarse al mundo

por Fernando Hernández Urias

Febrero 6, 2015

Luis Panini (Monterrey, 1978) es escritor y arquitecto. Ha publicado dos colecciones de cuentos, 'Terrible anatómica' (Conarte 2009; Premio Nuevo León de Literatura 2008) y 'Mala fe sensacional' (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010) y las novelas 'Esquirlas' (27 editores/UANL, 2014) y 'El uranista' (Tusquets, 2014). Actualmente reside en la ciudad de Los Ángeles.

¿Por qué escribes?

Creo que se trata de un impulso primitivo, fuera de mi control. Hasta donde la memoria me permite recordar, no desperté una mañana con el deseo de ser escritor, sólo de escribir. A riesgo de sonar dramático, la escritura se ha convertido en una especie de ancla que me mantiene sujeto a este mundo. De alguna manera justifica y prolonga mi existencia.

¿Para qué sirve la literatura?

Desconozco cuál es el cometido primordial de la literatura. Asignarle un propósito específico o confeccionar su “definición total” es una tarea que prefiero evitar. Las cosas más interesantes carecen de sentido. Sólo te puedo decir que la literatura a mí me ha servido, hasta cierto punto, para organizar el caos que me rodea. Mis novelas y cuentos me permiten crear nuevos estereotipos, adjudicarle cierto simbolismo a una serie de situaciones o a diversos objetos y así reducir al mundo a un conjunto de ideas para asimilarlo con mayor facilidad y hacerlo más tolerable.

¿Es importante leer? ¿Por qué?

Si bien es cierto que leer literatura puede contribuir a la ampliación de tu vocabulario, a mejorar tu ortografía, a enriquecer tus expresiones idiomáticas, siempre me he alejado de esa función aleccionadora que muchos tienden a concederle. Leer en general es importante, por supuesto. Las murallas más altas y gruesas las impone el analfabetismo. Pero leer literatura no te convierte en un “mejor ser humano”. Creerlo sería una pose en extremo vanidosa.

¿Cómo fue el proceso de escritura de 'El uranista'?

La idea me llegó, como todas las ideas llegan, de una forma bastante arbitraria en 2005, mientras esperaba a que un técnico instalara diversos programas de diseño a mi equipo de cómputo durante mi primer día de trabajo en un estudio de arquitectura en la ciudad de Los Ángeles. Esperé un par de horas y en ese lapso de tiempo conseguí escribir una versión del primer capítulo. La idea de un hombre de edad avanzada caminando por las calles y plazas de su ciudad, como un dinosaurio en vías de extinción, me pareció muy seductora, sobre todo porque disfruto mucho las novelas de corte peatonal ('Ulises', de James Joyce; 'Mis dos mundos', de Sergio Chejfec, etc.) En ese primer capítulo el protagonista de la novela tiene un encuentro efímero con un joven, una caricia accidental los une durante un instante y deja un rastro de sudor sobre el dorso de su mano. Algunos segundos después el protagonista decide lamerse la mano para saborear el sudor del joven. Ese “acto vampírico” me hizo suponer que se trataba de un personaje que me interesaría explorar ampliamente, pero no fue sino hasta cinco años después cuando me sentí listo para escribir tal historia.

¿Y el de 'Esquirlas'?

El detonante de 'Esquirlas' fue la muerte de un ser querido con quien compartí sus últimos diez meses de vida. Se trata de un libro autobiográfico que no tenía planeado escribir, pero que un año después de esta muerte me vi en la necesidad de hacerlo para, odio admitirlo, desahogarme. Muy pronto esa escritura se convirtió en un ejercicio catártico y desgastante que, finalmente, me permitió descansar. Su estructura es fragmentaria porque el objetivo era emular a los mecanismos de la memoria, la manera cómo recordamos a una persona muerta.

¿Cuáles son tus principales influencias?

Las obvias: Franz Kafka y Juan José Arreola. También me gusta dedicarle “festejos” en mi escritura a varios de mis autores o libros preferidos. Por ejemplo, la primera línea de 'El uranista' es una referencia a la primera línea de 'Mrs. Dalloway', de Virginia Woolf. Un capítulo entero de esa misma novela es mi forma de homenajear a 'El proceso', de Kafka. Y existe una referencia muy breve a 'The Pale King', pero sólo los lectores más aguzados de David Foster Wallace podrán identificarla.

¿Cuáles son los libros que más te han marcado?

Siempre me ha parecido una locura creer que la lectura de un libro puede marcar o cambiar tu vida. Qué idea tan peligrosa. Pero a veces sucede. El único libro que hasta el día de hoy me ha afectado de forma sistémica es 'La Náusea', de Jean-Paul Sartre, quizá porque, afortunadamente, lo leí a los trece años, una edad en que me sentía muy incómodo en mi propio contexto (mi familia es Católica). 'La Náusea' amplió mi horizonte, me enseñó que era posible pensar y vivir de otras maneras. El hombre que ahora soy es en gran parte el resultado de la lectura de ese púber.

¿Alguna otra forma artística contribuye a tu escritura?

Por supuesto. Mi escritura también se alimenta de otras disciplinas. Siempre. Esto cobra obviedad en 'Mala fe sensacional', mi segundo libro de ficción breve que fue publicado en 2010. Varios textos que aparecen en esa colección toman como punto de partida algunas piezas de arte contemporáneo. Sin embargo, estoy casi seguro de que el cine es mi mayor influencia. Le dedico especial atención a la manera en que algunos de mis directores favoritos construyen una escena (Ruben Östlund, Michael Haneke, Béla Tarr, etc.) Me agrada concebir a algunos de mis narradores como cámaras y a la narración en sí como una secuencia larga cinematográfica.

¿En qué estás trabajando ahora?

En este momento escribo la segunda parte de una trilogía de novelas juveniles. Es otro proyecto que simplemente apareció sin previo aviso. Hace varios años no habría contemplado la escritura de una serie de libros para un público más joven, no porque me parezca un oficio menor, al contrario (algunos de los mejores libros que he leído en fechas recientes son infantiles y juveniles), sino porque no creí que sería capaz de hacerlo. También me encuentro trabajando en una especie de tríptico autobiográfico. Ese proyecto nació a partir del temor a la autocensura. Nada me preocupa más, al menos como escritor, que la posibilidad de cometer autocensura, ese fantasma que puede llegar a posarse sobre tu hombro mientras escribes. Así que me hice una pregunta muy sencilla para confrontarla, “¿Qué es lo que no me gustaría que mis padres supieran sobre mí?”. Tal pregunta detonó la escritura de tres autorretratos o libros de los cuales varios fragmentos han aparecido en algunas revistas impresas y digitales y que se publicarán en 2015 y 2016. El primero es un conjunto de poemas en prosa sobre una relación sentimental fallida ('Destrucción del amante'), el segundo sobre el despertar sexual durante mi infancia y pubertad ('Tiopentato de sodio, 7 mg') y él último sobre una obsesión que yo supongo trastorno psicosexual ('Falsa crónica del miembro fantasma'). Y hace algunos días me confirmaron la publicación de una novela corta y de un libro electrónico que reúne textos de mis primeras dos colecciones de ficción breve.