In memoriam

Janine Dorine Henriette Cremers

(1974-2009)

 

Merodean en los pasillos de hospitales. Estacionan sus autos frente a funerarias. Frecuentan vestíbulos de aeropuertos para mirar el cielo. Abrazan osos de felpa en las habitaciones oscuras de sus vástagos. Desempolvan álbumes fotográficos hasta quedarse dormidos frente a la página que incluye su imagen favorita. Buscan con desesperación cajas olvidadas en áticos y sótanos. Detienen la grabación justo en el cuadro en que el objetivo mira hacia el lente de la cámara, sorprendido, y una sonrisa comienza a insinuarse. Olfatean las prendas que aún conservan dentro de los armarios. Reducen la velocidad del auto donde aún no ha desaparecido la mancha sobre el asfalto de la carretera, a pesar de los meses y las lluvias. Escriben libros que agudizan sus desvelos. Se les anega la mirada cuando reconocen el aroma de un perfume. Acuden a restaurantes para sentarse frente a una silla desocupada. Dejan alimentos sobre el guión cincelado en el mármol que separa a dos fechas. De muerte los muertos nada saben. Sólo los vivos.

 

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Oncología, mon amour

 

 

Dit is het antwoordapparaat van Janine Cremers. Momenteel kan ik de telefoon niet beantwoorden, maar als je jouw naam en telefoonnummer inspreekt na de bieptoon dan bel ik je zo spoedig mogelijk terug. Bedankt. Éste es el mensaje que una contestadora automática reprodujo cuando pulsé el número telefónico de una casa ubicada en los Países Bajos. La voz digitalizada era la de una mujer muerta, pidiéndome que le dejara mi nombre y número después del tono para devolverme la llamada tan pronto como le fuera posible.

 

 

Que se sentía muy débil, muy cansada, todo el tiempo. Eso me dijo. Que hasta los roces más gentiles con las aristas del mobiliario le provocaban hematomas difíciles de disimular. Incluso las caricias, por más delicadas que fueran, le reventaban los vasos sanguíneos subcutáneos para anunciarse como telarañas de color púrpura bajo su pálida piel caucásica. Sobre esto me habló justo antes de conducir al consultorio de su médico de cabecera, porque se sentía muy débil, muy cansada, todo el tiempo. Era de día en Arnhem. De noche en Los Ángeles. Finales de octubre. Su voz cruzó la vastedad del océano con la velocidad propia de los tsunamis, empujada al ras del oleaje por el combustible que genera la adversidad.

 

Regresó del consultorio apenas concluyeron los exámenes médicos de rutina. Mencionó que el semblante de la enfermera se descompuso al ver el color de su sangre mientras llenaba varios tubos de ensayo. “Su matiz era muy pálido. Supongo que se trata de algo serio”. Este autodiagnóstico fue una premonición que un grupo de especialistas confirmaría más tarde. Esa misma noche recibió una llamada de parte de su médico para ordenarle que acudiera de inmediato a un hospital. Los laboratoristas detectaron ciertas anomalías en la composición de su sangre y necesitaba someterse a una nueva serie de estudios, más específicos, para corroborar algunas sospechas. “Seguro es leucemia”, me dijo al despedirse.

 

 

“Padeces de Leucemia mieloide”, le informó un médico el día siguiente. “Lamentablemente no es crónica, sino aguda. Requieres de atención inmediata. Quimioterapia en extremo agresiva. Índice bajo de sobrevivencia. Si no, semanas. Quizá un par de meses”.

 

En más de una ocasión varios médicos expresaron su descreimiento mientras examinaban frente a ella los resultados de laboratorio. No lograban comprender cómo le era posible realizar las tareas más simples del día —cepillarse los dientes, sostener una cuchara, subir los peldaños de una escalera— con valores sanguíneos tan devaluados. El desvaído tinte de su sangre se debía a la casi inexistente cantidad de hierro almacenado en su hemoglobina. “Según este documento”, le dijeron, “deberías estar postrada en una cama, con apenas suficiente fuerza para levantar los párpados”. En su momento todos interpretamos ese comentario como una buena noticia. Su resistencia física denotaba una solidez fuera de serie. Su salud sería restablecida por completo mediante la quimioterapia. Era cuestión de semanas, quizá un par de meses. “No te preocupes”, traté de aliviar su desconsuelo con el tono lúdico que nos era habitual, “no vas a morir sino hasta los 90 o 100, cuando pises una cáscara de plátano y se te haga añicos la cadera”.

 

 

Una célula con una idea distinta a la de sus compañeras inmediatas, capaz de crear múltiples réplicas en apariencia y comportamiento para colaborar en un programa que se anuncia destructivo desde su fase primigenia. Así comienza el cáncer. Una sed de dominio ilimitado estimula la crueldad de su agenda. Abuso de poder biológico que deviene solución final.

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Su hermano viajó desde Estados Unidos para estar con ella un par de semanas, mientras su cuerpo purgaba las sustancias más tóxicas de una sesión de quimioterapia reciente. La tarde anterior al vuelo visité una librería para comprarle un ejemplar de I am Charlotte Simmons, esa hilarante novela de Tom Wolfe que leí algunos meses antes y que, conociendo sus gustos literarios, supuse que la mantendría entretenida mientras se recuperaba. No pude conseguirla en tapa dura, de hecho sólo disponían de un ejemplar en rústica con una de sus esquinas un poco maltratada. Decidí adquirirla. Se la entregué al hermano. Él cruzó el Atlántico aquella noche. Al día siguiente ella me agradeció por teléfono el obsequio. Me dijo que la comenzaría apenas terminara de leer una novela de Agatha Christie. Supongo que no haber encontrado en la librería un ejemplar en tapa dura fue una especie de bendición enmascarada, pues uno de los síntomas perennes de la leucemia es la fatiga crónica y el debilitamiento de las extremidades.

 

 

Con el océano de por medio y una diferencia de nueve horas entre Los Ángeles y Arnhem me resultó imposible enterarme sobre sus mejoras y decaimientos físicos y emocionales en tiempo real. Tanto las noticias alentadoras —comió muy bien por la mañana, estuvo sentada en el jardín un buen rato— como las fatídicas —según los últimos exámenes de laboratorio su número de leucocitos duplicó, hace un par de horas recibimos la caja que contiene el coctel químico por si decide proceder con la eutanasia— me llegaban a destiempo. Lo anterior me obligó a desarrollar un sistema que carecía de toda lógica. Las condiciones atmosféricas de Arnhem me comunicarían su bienestar o malestar. Comencé a consultar una página electrónica para averiguar el estado del tiempo de aquella ciudad holandesa. Durante meses fue el primer sitio de la red que visité al despertar, varias veces al día y el último antes de dormir. Si el cielo se encontraba parcialmente nublado la suponía sufriendo de alguna dolencia menor en dicho momento. Cuando llovía la imaginaba recostada en su cama, deprimida. La presencia de relámpagos significaba que su médula ósea había entrado en un periodo de mayor actividad y por consiguiente generaría más leucocitos. Los frentes fríos presagiaban dolor en su forma más pura e intensa. Cuando nevaba la creía dormida. Lo único que me devolvía la calma eran los cielos despejados, aunque en aquella nación de tierras perpetuamente húmedas son una rarísima comodidad.

 

El implante del catéter para permitirle el paso a la quimioterapia, un procedimiento quirúrgico que los médicos insistieron en clasificar como menor, fue repetido a causa de la ineptitud del primer sujeto que trató de llevarlo a cabo. Ella recordaría aquel episodio como uno de los más agónicos de su enfermedad. Durante el primer intento olvidaron suministrarle Dormicum®, el anestésico utilizado en ese hospital para elimi- nar, o por lo menos disminuir considerablemente, el dolor mientras la línea intravenosa es empujada a través de la estrecha circunferencia de la vena subclavia. Más de una vez la sorprendí ajustando el cuello de su blusa o suéter para ocultar la cicatriz que el catéter le dejó. Aquello me recordó algunos pasajes del libro La enfermedad y sus metáforas, en los cuales Susan Sontag compara el estigma social impuesto por el cáncer y la tuberculosis, refiriéndose a la primera como a una enfermedad que en el pasado la mayoría prefirió mantener en secreto debido a su efecto desmoralizador, pues las connotaciones negativas acumuladas en décadas recientes consiguieron que fuera asimilada como “un mal obsceno, repugnante y de naturaleza perversa” —entiéndase lo último como castigo divino—, elementos todavía prevalentes en diversos sectores socioeconómicos y dogmáticos, aunque con menor frecuencia, mientras que la tuberculosis fue reconocida desde su identificación, sobre todo dentro de círculos burgueses y numerosas obras literarias, como un padecimiento digno de artistas e intelectuales, el cual llegó a albergar paralelismos líricos por “acelerar la vida, destacarla y espiritualizarla”. En este mismo estudio comparativo la autora hace hincapié en el predominante uso de un lenguaje en extremo militarizado para metaforizar el origen y desarrollo del cáncer.

 

La célula indomable, la aberrante, la rebelde. Así se gesta el cáncer, ese capricho microscópico que pronto deviene mitosis traicionera. En su ensayo La solución final: La clonación más allá de lo humano e inhumano, incluido en el volumen La ilusión vital, el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard señala a la célula cancerosa primigenia no sólo como una “que olvida morir, sino una que olvida cómo morir”. Es justo en el instante en que este excedente biológico pierde la memoria cuando de inmediato emprende una campaña cuyo objetivo es el desmantelamiento total de su huésped, aunque esta actitud kamikaze le garantice la autodestrucción.