El viejo dijo que él mismo compraría el rompecabezas. Apoyó el peso de su cuerpo contra el pasamanos de la escalinata y en voz baja contó los escalones de pisadas irregulares y alturas distintas que se alzaban frente a él. Incluso existía uno mal nivelado, casi al final, que había logrado engañar a docenas de pies durante tantos años con su horizontalidad embustera. Ese delgado listón de concreto había sido el causante de incontables hematomas, de dolorosos esguinces, de codos y rodillas sangrantes, de muñecas dislocadas, labios rotos, dientes astillados, barbillas raspadas y orgullos vencidos. El viejo contó veintiocho escalones. ¿O serían veintinueve? El implacable sol de mediodía lo había deslumbrado y no poseía la certeza de si había calculado uno de más o uno de menos. Casi treinta, de eso estaba seguro. Treinta escalones a su edad constituían un reto intimidante. Hace diez años no habría reparado en ellos, pero ahora se le presentaban como un obstáculo casi imposible de librar, como el ascenso hacia la cúspide de una gran pirámide prehispánica que desafiaba, incluso, la condición física de los atletas más aptos.

     Se retiró los anteojos y con un pañuelo absorbió las gotas de sudor escondidas entre sus cejas despeinadas y también las que ya comenzaban a poblarle el labio superior. Entonces recordó que ya no le quedaban más pañuelos limpios. Mañana muy temprano, sin falta, arrastraría los dos morrales de ropa sucia hasta el cuarto de lavado ubicado en el sótano de la torre departamental que habitaba. El calor de la estación le impedía usar las camisetas blancas y los calzoncillos más de una vez, como acostumbraba durante los meses de invierno.

     La escalinata desembocaba en una plaza pública de proporciones majestuosas circundada por un grupo de edificios gubernamentales. El centro se encontraba vacío. No existía allí la frondosa copa de un árbol, alguna banca u otro elemento urbano que proyectara sombra sobre el ardiente concreto de la explanada. Ni siquiera era posible divisar alguna de esas esculturas contemporáneas que, en años recientes, habían proliferado en el centro de la ciudad con la insistencia de un virus. No, quizás el próximo año, al terminar el mandato presidencial. Seguramente entonces un ejército de formas abstractas, en colores primarios, invadiría a la ciudad para justificar la desaparición de sumas estratosféricas del erario público. Después de todo, durante las últimas tres décadas, el gobierno había destinado espléndidas cantidades de ese capital en arte público para el beneficio de sus ciudadanos.

     El viejo desplegó su parasol tan pronto pudo recuperar el ritmo de su respiración en la cima de la escalinata. Al atravesar la explanada se sintió intrascendente, pequeño, insignificante en su propio centro mientras lo cruzaba de lado a lado, como lo hacía cada tarde después de su jornada, para llegar a su destino: el centro comercial ubicado en el extremo opuesto. Cerró los ojos al pensar en el interior climatizado del inmueble. Casi llegó a sentir una brisa helada colársele a través de las mangas y refrescar las puntas de sus tetillas calientes.

     Conocía de memoria el camino ideal, la ruta más sencilla, las imperfecciones de la superficie adoquinada. Llevaba varios años recorriéndola. Sabía con exactitud en dónde plantar los pies, qué adoquines evitar porque se encontraban sueltos o mal nivelados. Aceleró el paso para cruzar la explanada tan rápido como se lo permitieron sus piernas endebles. Disminuyó la velocidad de su andar cuando ingresó en la calle peatonal y algunos metros después se detuvo frente a las puertas giratorias del establecimiento. Experimentó una sensación de alivio, un tremendo bienestar que le desinfló los pulmones mediante una prolongada exhalación. Había llegado. Carraspeó un par de veces, se ajustó el nudo de la corbata de moño y sacudió esas pelusillas imaginarias que a diario se le adherían al chaleco.

     A pesar de las incontables visitas al centro comercial, nunca pudo dejar de sentirse algo nervioso al ser tragado por la puerta giratoria. Después de todo era un viejo, su coordinación no era la más envidiable, sobre todo cuando se veía obligado a sincronizar su entrada con la salida de otra persona. Le aterraba la posibilidad de quedar atrapado entre la puerta y el marco de aluminio. A veces esperaba durante varios minutos a que el flujo de visitantes disminuyera para colarse al interior sin mayor contratiempo. Pero era viernes, la puerta giraba con la furia de un torbellino y succionaba con su fuerza centrípeta a cuanto individuo se le aproximaba.

     El viejo tomó un respiro profundo y se acercó. Dos personas más lo siguieron y terminaron hacinadas en la misma división. Tropezaron entre sí, intercambiaron codazos y pisotones y un instante después la puerta los expulsó. El viejo terminó en el exterior del centro comercial, justo donde había esperado su turno para ingresar al inmueble segundos antes.

     Miró a su alrededor. Creyó escuchar risas no muy lejos de donde se encontraba. Se sentía avergonzado debido a su torpeza. Por fortuna nadie reparó en su estúpido giro de trescientos sesenta grados. Un grupo de jóvenes reía, sí, pero no de él, sino de un muchacho a quien le habían quitado la playera. El muchacho del torso desnudo trataba de recuperar su prenda, una bola de colores que viajaba de mano en mano, imposible de capturar.

     El viejo olvidó su visita al centro comercial. Fue a recargarse contra un receptáculo para la basura y desde ahí contempló cómo el muchacho corría y saltaba con la intención de recuperar la playera. Sus costillas brotaban de los costados como surcos de sembradío cada vez que extendía los brazos en el aire para recobrar esa bola veloz. Corría, daba zancadas, giraba los hombros, alargaba los dedos. Varios pases después la bola aterrizó por equivocación junto a los pies del viejo, quien en un insólito proceso de rejuvenecimiento se inclinó para recogerla. Vio al muchacho aproximándose en su dirección y oyó los gritos de los otros pidiéndole que no le devolviera la prenda a su dueño. El joven se le acercó, casi sin aliento y cubierto de sudor. Llegaron a un acuerdo sin la necesidad de intercambiar una sola palabra. La playera le fue devuelta, aunque antes de soltarla el viejo la sostuvo con firmeza apenas los suficientes segundos para distinguir una serie de tímidos vellos que rodeaban las tetillas oscuras del muchacho. Al darse la media vuelta, el antebrazo húmedo del joven le rozó levemente el dorso de una mano y dejó sobre su piel una franja de sudor tibio.

     El viejo caminó hacia el escaparate de una zapatería, contempló las facciones descompuestas de su rostro reflejado en el cristal. Cerró los ojos y lamió el dorso de la mano que había recibido la sudorosa caricia del joven. Su lengua repasó con avidez la superficie reseca, los vellos y el exceso de piel alrededor de sus nudillos. Comenzó a respirar de manera agitada mientras saboreaba lentamente con la lengua el contorno de sus propios labios con la intención de prolongar aquel estado parecido a la embriaguez. Apoyó la frente contra el vidrio para recuperarse del inesperado éxtasis que lo había tomado por sorpresa. Su vaho dibujó una mancha sobre el cristal. El calzado expuesto se tornó fuera de foco. El diámetro de la mancha disminuyó conforme la respiración del viejo retomó su ritmo natural, hasta que finalmente un borrón grisáceo volvió a convertirse en un par de zapatos de piel para caballero.