El evento

La anciana introduce una llave en la cerradura de su departamento antes de emprender su acostumbrada visita semanal al supermercado. La llave gira en el interior del cerrojo hasta que el pestillo produce un sonido mecánico al encajarse en el muro. Levanta un canasto vacío del suelo y oprime un botón para llamar al ascensor. Sus puertas se abren en el piso que habita. El interior huele a orina seca y está decorado con graffiti de color negro y rojo; dibujos de genitales masculinos dominan la temática. Afuera, la gente camina aprisa cuando se asoman las primeras gotas de lluvia, gente sin rostro, automática. Un perro busca un lugar para resguardarse, le ladra a un automóvil que pasa junto a él y al cielo que los relámpagos hacen parpadear. Ella espera a que el hombre del semáforo se encienda antes de cruzar la avenida. Conoce el número de segundos en que la silueta permanecerá iluminada. Un tropezón, un calambre en la pantorrilla, significaría su violenta e irremediable muerte. Por eso acostumbra protegerse con la señal de la cruz antes de disponerse a cruzar, para que Dios remueva los obstáculos del asfalto que su visión cansada no le permite anticipar y para que sus débiles piernas no la traicionen con un espasmo en los músculos. Cuando la silueta se ilumina, baja con cuidado del cordón de la acera y con el mismo cuidado sube a la del lado opuesto. Una serie de tenderetes que ofrecen fragancias de moda y cintas piratas obligan al tráfico peatonal a convertirse en una masa apretada que trata de no aplastar la mercancía expuesta en el suelo. La puerta principal del supermercado se abre para recibirla y por allí consigue desgajarse de la multitud. Pero algo sucede dentro, algo que hace retumbar al edificio hasta sus cimientos y despedaza los cristales de la fachada principal y que luego la muchedumbre, confundida debido al portentoso estruendo, describe a los agentes de la policía como una fuerte explosión de gas natural, un terrorista suicida, la turbina que se le desprendió a un avión en pleno vuelo o un meteorito de malhadada trayectoria. Mientras paramédicos y samaritanos atienden y ayudan a los heridos, separan a los vivos de los muertos y embolsan lo que a primera vista puede reconocerse como restos humanos, en el interior del departamento de la anciana un canario enjaulado dormita. Hay tres o cuatro vasos de vidrio sucios en el fregadero que planeaba lavar antes de dormir. Un mantel de macramé, de incalculable valor sentimental, cubre la mesa del comedor. Sobre los burós de noche, junto a su cama, descansan un par de lámparas con flequillos de seda. En el recibidor se encuentran anclados a los muros una serie de anaqueles que decoró con su colección de figurillas de cerámica y porcelana: payasos de gesto melancólico ataviados con ropas de vagabundo.

(Este texto forma parte del libro 'Función de repulsa', publicado por Libros Malaletra en 2015 y 'Terrible anatómica', publicado por Conarte en 2009).